Las orejas se vuelven selva en miniatura: manchas que ríen, rayas que juegan, escamas que brillan como si supieran bailar. Cada arete celebra la belleza, la fuerza y la ternura de lo vivo, un pequeño reino de criaturas que nunca dejan de ser libres. Póntelos —quién sabe— tal vez amanezca una oruga curiosa en tu oreja.